Disfruto profundamente mis tiempos de oración junto a mi hijo. Verlo crecer, compartir estos momentos y enseñarle desde pequeño a buscar a Dios es uno de los regalos más hermosos que la vida me ha dado. Cada oración a su lado me recuerda que él es un regalo de vida, una bendición que Dios puso en mis manos y una oportunidad para sembrar en su corazón amor, fe y confianza en Él.